Ser Mam En La Educaci N

Técnicas de éxito rrhh en la clinica foiaini

Por la imagen de Savaofa, las primeras personas y los prisioneros Miguel Ángel en los bordes del plafón las imágenes de los pensadores, los sabios, los profetas, las sibilas y los profetas. Componen el complemento natural a las personas activas, como el coro en la tragedia griega completa las hablas de los héroes. Son completos de la fuerza y la agitación, pero muchos de ellos son cargados en la reflexión, son abarcados por las dudas, a veces la desesperación presente. Sobre los hombros de Ieremii está la carga de sus adversidades pesadas vitales, la desgracia del pueblo natal, la pena del mundo. Casi por primera vez la reflexión, la tristeza de la persona han recibido en estos frescos tal expresión elevada.

No comprendo, cómo podía hacer la pintura limitada inmenso; ¡ante los ojos la tela, sobre ello las personas conducidas por las líneas, y todo en el espacio pequeño, y a pesar de, todo es inmenso, todo es ilimitado! Y es puntual, llega al pensamiento que este cuadro ha nacido en el minuto del milagro: la cortina, y el misterio del cielo se ha abierto a los ojos de la persona. Todo pasa en el cielo: parece vacío y como si nebuloso, pero no la vacuidad y no la niebla, y una luz silenciosa, poco natural, completo por los ángeles, que presencia sientes más, que lo note: se puede decir que todo, y el aire, se dirige en el ángel puro en presencia de esta virgen celeste, pasajera. Y Rafael ha firmado perfectamente el nombre en el cuadro: en lo bajo de ella, de la frontera de la tierra, un de dos ángeles ha dirigido los ojos pensativos en la altura; el pensamiento importante, profundo reina sobre la persona infantil; ¿si no era tal Rafael mientras que él pensaba en Madonna? Sé el niño, sé el ángel en la tierra para tener el acceso al misterio celeste. ¡Y como pocos medios era necesario al pintor para hacer algo tal, de que no es posible agotar ! Él escribía no para los ojos, todo que levantan en el instante y al instante, pero como afición, que que busca más, encuentra además.

En la Madre de Dios que va por los cielos, es imperceptible ningún movimiento; pero que la miras más, parece además que se acerca. Sobre su persona nada es expresado, es decir sobre ello no hay expresión claro, que tiene un cierto nombre; pero en ello encuentras, en una unión misteriosa, todo: la tranquilidad, la limpieza, la grandeza y hasta el sentimiento, pero el sentimiento ya que ha pasado al extranjero terrestre, por consiguiente, de paz, constante, que no puede ya indignar las claridades cordial. A los ojos de ella no hay brillo (la mirada brillante de la persona siempre es el indicio de algo extraordinario, casual, y para ella no hay ya caso - todo ha sido hecho); pero en ellos hay una oscuridad profunda, milagrosa; en ellos hay una mirada, a ninguna parte especialmente no dirigido, pero como si que ve inmenso.

No apoya al niño, pero sus manos humildemente y lo sirven con soltura al trono: y realmente, esta Madre de Dios es no otro que, como el trono animado de Diós, que siente la grandeza que está. Y él, como el zar de la tierra y el cielo, está sobre este trono. Y en sus ojos hay mismo a ninguna parte una mirada dirigida; pero estos ojos brillan como los relámpagos, brillan por aquel brillo eterno, que nada ni hacer, ni no puede cambiar. Una mano del niño con la potencia del Todopoderoso se ha apoyado en la rodilla, otra como si es listo a levantarse y extender sobre el cielo y.

Influyen que Rafael, habiendo tendido la tela para este cuadro, no sabía mucho tiempo que sobre ello será: la inspiración no llegaba. Una vez él se ha dormido con sobre Madonna y, justo, cualquier ángel lo ha despertado. Él ha saltado dentro: ¡ella aquí! Ha gritado él, habiendo indicado a la tela, y ha trazado el primer dibujo. Y realmente, esto no el cuadro. Y la visión: miras, soy asegurado que ante algo poco natural pasa (, si miras así que ni el marco, ni otros cuadros no ves). Y esto no el engaño de la imaginación: no es seducido aquí ni la vivacidad de los tintes, ni el brillo exterior. Aquí el alma del pintor, sin cada astucias del arte, pero con y la ligereza, ha entregado al lienzo aquel milagro, que en su interioridad se realizaba.